Hablar de la producción de trigo y cebada en la campiña de Jerez es hablar de un auténtico encaje de bolillos. El ciclo agrícola que ahora se completa en la comarca vuelve a dejarnos una lección clara: el éxito de la cosecha ya no depende solo de lo que llueva, sino de cómo se prepare y proteja el cultivo desde el primer día frente a un clima cada vez más impredecible y unos costes de producción que no dan tregua.
Hacer balance de esta campaña global nos obliga a mirar más allá de la cosechadora; nos exige analizar la estrategia desde la siembra.
Un año de extremos
La campaña cerealista ha estado marcada por la heterogeneidad y por un factor climático que ha roto todos los esquemas: el exceso histórico de precipitaciones. Las tormentas continuas y el desbordamiento del río Guadalete llegaron a anegar miles de hectáreas en la provincia de Cádiz, provocando una caída estimada del 24% en la producción de cereal en Andalucía.
El impacto directo sobre el terreno se tradujo en encharcamientos prolongados y asfixia radicular, lo que provocó una nascencia muy irregular y un retraso severo en el desarrollo del cereal. Además, el estado de los campos bloqueó la entrada de la maquinaria, impidiendo realizar a tiempo tareas vitales como el abonado de cobertera y los primeros tratamientos fitosanitarios, dejando vía libre a la proliferación de hongos del suelo y del pie.
Jerez de la Frontera ha registrado este invierno el mayor número de días con precipitaciones con 55 jornadas, batiendo en una jornada más el anterior récord en la ciudad en el invierno de 1995-96.
El resultado en las básculas refleja fielmente este escenario de estrés hídrico por exceso de agua: una calidad muy desigual y grano con dificultades para alcanzar el peso específico idóneo. ¿Dónde ha estado la diferencia entre salvar los muebles o quedarse por debajo de los costes? En la capacidad de resistencia del cultivo.

Gestión de insumos: la clave de la rentabilidad
En un mercado donde los precios de venta del grano fluctúan y los costes de los insumos (semillas, fertilizantes y sanidad vegetal) representan la mayor parte de la inversión, la eficiencia ya no es una opción, es una necesidad de supervivencia económica.
Aquí es donde la nutrición y la protección vegetal se convierten en ventajas competitivas. Aplicar por aplicar ya no funciona; el objetivo actual es optimizar cada euro invertido para maximizar el potencial genético de la planta, y para ello el acompañamiento técnico es vital.
Desde FITESA, el enfoque está claro: no se trata de vender productos, sino de diseñar soluciones a la medida de cada suelo y cada cultivo, especialmente en años donde las condiciones rozan el desastre.
Nutrición de precisión
Aportar a los trigos y cebadas bioestimulantes específicos y nutrientes de alta asimilación en los momentos críticos. El objetivo es reactivar y fortalecer un sistema radicular dañado por la asfixia, compensando a contrarreloj la falta del abonado de cobertera tradicional.
Sanidad vegetal estratégica
Proteger el cultivo frente a enfermedades fúngicas del suelo y del pie antes de que el hongo destruya el tejido vascular de la planta. Con las ventanas de aplicación reducidas por el barro, un tratamiento eficaz a tiempo permite salvar la espiga y asegurar la calidad comercial del grano.
Un campo profesionalizado
El balance global de esta campaña en Jerez demuestra que el sector cerealista está altamente profesionalizado. Frente a la complejidad meteorológica, la respuesta del agricultor jerezano es más técnica, más analítica y mejor asesorada. Planificar los insumos de la mano de especialistas es, hoy en día, la herramienta más sólida para asegurar la viabilidad y rentabilidad del campo.



